Nadie sabe de dónde vinieron esos ojos pero estaban ahí y lo iluminaban y confundían todo.
Era uno de sus grandes defectos el de no saber mentir, ergo, no tenía herramientas de seducción pues le parecía natural relacionarse con los hombres de modo igualitario. Tan de verdad creyó que éramos todos iguales, que pronto encontró con quién asociarse en buena lid.
Un día sucedió que eso que le comentaban las mujeres normales que se hacía con los socios cuando no accedían al control, de suspender las actividades sexuales de descarga, su propio socio se lo hizo a ella. No entendió la evolución de la sexualidad del varón y por cierto jamás siquiera dejó entrar en su cabeza la idea de que pudiera haber algo más en la apuesta desnuda que el mero placer de adorarse mutuamente.
Pasó de socio en socio buscando la solución.
Primero vino el joven correcto e inteligente que prometió agasajarla por el resto de sus días, el que un año más tarde se corrompió en el alcohol y las drogas por culpa de ella según él, y de ahí en adelante sólo fue empeorando hasta el insulto, el empujón.
Después vino el hombre sencillo que espera paciente que la vida le de cosas buenas. Hizo las treinta maromas del ritual propio de los sencillos antes de hacer emerger con bombo, platillo y chayas su esperada promesa: "te seré fiel, lo decido de hoy en más porque te amo como a nadie he amado, viajaremos por el mundo y viviremos en algún pequeño lugar". Al rato intentaba canjear minutos de atraso en las citas, por encuentros con mujeres sin cerebro, un descanso quizás de la dificultad propia de lidiar con una mujer que compulsivamente dice la verdad.
Vino entonces quien la retó a atreverse, el guerrero, el hombre fuerte hecho en la cordillera que le dijo "yo nunca te voy a dejar sola" y después de la primera vez que no quiso "coger lucha" desapareció en medio de la noche.
Apareció el que aconsejaba con un tecito en la mano con halo de sabio que terminó siendo el con menos criterio, el de mejor corazón terminó siendo el recriminador, y así. Descubrió entonces el patrón: la primera promesa es en la que primero se falla.
Desde entonces sólo espera escuchar "lo más probable es que nos terminemos odiando"...
implorando a todos los dioses que no sea de aquellos que no saben mentir...
Lilith se queda sola, cría al varón que trajo al mundo sin advertir que su defecto le hará daño y le dará rabia. La rabia del Benjamín de Lilith parece tener el potente talento de encontrar el modo de debilitarla, la impotencia de recibir la gran argumentabilidad del mundo reconvertida en cuestionamiento a su entrañable imperfección, la agota a niveles que producen destrucción incluso de los objetos y la electricidad. Está cargada.
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