Aparentemente era mudo.
Pocas veces ocurre que nazca un gato mudo, finalmente el maullido no es sólo su característica más esencial sino que es su herramienta de auxilio, de convocatoria a la lucha por aparearse, medición de fuerzas, manifestación de su presencia, su canto.
Curiosamente, al no saberse oír el propio maullido mudo, tenía una extaña timidez para ronronear, parecía optar por un ronroneo "aficticiado", algo que no dejara en evidencia su necesidad de comunicar necesidad...un temor...a tener sólo la manifestación sensible de la comunicación y no la bien plantada, la que le diera frente al mundo la solidez de manejar a su arbitrio la queja, el alegato, la guerra y el pregón.
Pero su gatitud se descontrolaba frente al árbol.
El tronco sólido, las ramas bellas, el tamiz de luz de sus hojas, el aroma a cobijo, le resultaban del todo irresistibles. Tanto, que para su protoconciencia gatística el árbol era absoluto culpable de todas las veces que trepaba sin saber, engullido por su urgente necesidad a-maullada (a-dicta) de estar ahí, de sentirse grande, de sentir que esa majestuosidad era su reino y dominio. Las garras eran diestras como pocas cosas lo son y aquí no dañaban, se sentía experto y poderoso al subir sin mediar reflexión ni miedo.
Ua vez arriba la temperatura era nirvánica, la luz de las hojas eran ojos hermosos que retroalimentaban su convicción de belleza y el oxigenado silencio era tan perfecto que su propio silencio era el corolario del paradigma, en lugar de un defecto.
Pero es sabido que un gato pequeño sólo puede bajar de un árbol para todo aquello que es mundano si hace oír su maullido para ser asistido por una niña.
Lulú vivía su propia mundanidad mirando cada tanto a la ventana, tan hermenéutica ella que un poco sin saber de pronto estaba a los pies del árbol en el momento exacto en que el gato tanteaba los descensos y abría su silente boca en el maullido que, en su génesis sordo, era llenado por un tímido y entonado "miaau" de Lulú a la base del tronco.
Entonces y sólo entonces el gato la veía, para coincidir en una orquesta de miradas tan elocuentes que cualquier palabra o maullido les quedaría debiendo sentido.
Lulú sonreía como si tuviera la culpa de algo y con toda la timidez del respeto por el tremendo felino que unos minutos atrás dominaba el mundo desde lo alto, acariciaba la suave cabeza del gato para guiar su bajada.
Un día él, tendría a bien enseñarle la prestancia para subir.
lunes, 28 de noviembre de 2011
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